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Naroa Ramírez: “Volvería a pasar por todo porque me gusta mi vida de ahora”

BELÉN TORRES

A Naroa Ramírez  la conocimos como parte de la Junta Directiva de MAGALE, la Asociación navarra de Familias de Acogida, en una entrada anterior de este blog. Sin embargo, esta joven educadora de 23 años es un ejemplo de cómo los niños de acogida, una vez crecidos, son capaces de devolver lo que recibieron de esas personas que en palabras de la propia Naroa: “abren su casa y su corazón a niños que no saben cómo van a responder”.

Naroa cuenta que “me sacaron de casa con seis años, y a mi hermana con cuatro, debido abusos y negligencias”. Su primer destino fue un centro de observación, en el que ambas hermanas estuvieron juntas tres meses.  Es en esos lugares donde se observa a los niños y se estudia y valora qué es más adecuado para ellos: un acogimiento extenso, de la propia familia, como es el de Olimpia Jiménez; algún hogar fuera de la familia biológica; un centro de acogida o un piso tutelado. Una cosa curiosa que explica esta joven es que “no te buscan simplemente una familia. Buscan que la familia se adapte a ti, no tú a ella”. En su caso, la encontraron en poco más de dos meses. Así pues, empezaron las visitas para conocer a quienes, desde el centro, creían que eran los más adecuados para hacerse cargo de estas pequeñas. De esta manera, un fin de semana que se marcharon con ellos, ya no regresaron al centro “mi hermana dijo que no volvía y no hubo manera. Así que allí nos quedamos”, cuenta sonriendo.

La familia que les tocó a Naroa y su hermana les hizo mucho bien. Foto de Freeimages9 en Pixabay.

La familia que les tocó a Naroa y su hermana les hizo mucho bien. Foto de Freeimages9 en Pixabay.

La familia que acogió a las hermanas Ramírez ya tenían otras dos biológicas mayores, con las que Naroa confiesa llevarse bien “aunque con una mejor que con la otra. Somos más parecidas, tenemos la misma forma de ver la vida”. Estuvo viviendo con ellos desde los seis años y hasta que “yo tenía doce y mi hermana diez. Entonces volvimos con mi madre biológica. Estuvimos con ella un año y media y volvimos a estar en acogida”. De ese tiempo no guarda buen recuerdo. La situación era difícil. Aún se acuerda de aquellos días en los que habían llegado a vivir en una habitación de un piso compartido o cuando no tenían ni para desayunar. Además, el hermano con el que había tenido problemas volvió a vivir con ellas, cosa que empeoró la situación. Durante la semana, el instituto -en el que veía a su padre de acogida, pues trabajaba como profesor- la mantenía ocupada. Los fines de semana procuraba pasar mucho tiempo fuera de la casa. “Mi madre biológica consiguió nuestra custodia porque mi abuela pagó un abogado y ganó el juicio pero eso no te capacita automáticamente para poder cuidar a unas niñas. Tener un trabajo no implica que puedas mantener a una familia“, expone Naroa. Cuenta que, como al resto de niños en su situación, cuando tienen doce años firman un documento confirmando que están de acuerdo en volver con la familia biológica. Naroa Jiménez echa en cara que desde las instituciones no le dijeran que su madre biológica no estaba realmente capacitada para cuidarlas, “independientemente de que yo quisiera o no volver, a mi me dicen que es apta. Es mi madre y es lógico que volviera”, sentencia.

Al cabo de un año y medio, entraron otra vez en el sistema. “Tuvimos la suerte de que nos volvió a tocar la misma familia“, Naroa lo piensa mejor y comenta que “no fue suerte como tal, sino un gesto de buena voluntad, porque nosotras lo pedimos, ellos también y nos lo concedieron. Teóricamente, vuelves empezar todo el proceso: la valoración, la búsqueda… pero nos hicieron el favor”. Y menos mal porque al tener 14 años y su hermana 12 hubieran ido a parar a un centro. Naroa sigue viviendo a día de hoy con ellos, aunque comenta que su hermana, cuando cumplió la mayoría de edad se marchó con su madre biológica pero la relación no funcionó y ahora está independizada.

Un carácter que sorprende

A día de hoy, confiesa mantener cero contacto con su padre, su madre y su hermano biológico, que es con quien tuvo los problemas de abusos. Su hermana pequeña tampoco sabe mucho de ellos. Sin embargo, procura ir una vez al año a Galicia a ver  su abuela, a la que adora. Cree que es poco probable que haya algún acercamiento con sus padres. Esto tiene una razón concreta y es que ” mi hermana se fue con ellos al cumplir los dieciocho. Entonces tienes edad para trabajar. A ella le comieron la cabeza para que trajera dinero a casa y luego le dieron la patada. Para mi, mi hermana es lo más importante que tengo y la trataron mal, así que les hice la cruz”, explica tranquilamente. Naroa Ramírez se muestra tan calmada y sosegada mientras explica una historia dura, que resulta hasta sorprendente. Se lo hacemos notar y ella sonríe y admite que es parte de su carácter y que, aunque se siente frente a dos desconocidas y relate su complicada infancia, es tímida y le cuesta hablar. Intuye que puede ser consecuencia de lo que le ha tocado vivir.

Sin embargo, reconoce que no todo lo que ha vivido es malo “el saber que hay personas buenas, que ayudan…Gracias a lo que he vivido soy la persona que soy, ni mejor ni peor, pero sí con los valores y el pensamiento que tengo. Cuando mis amigos me preguntan si lo cambiaría, contesto que no. Quitando lo morboso de la historia, yo volvería a a pasar por todo porque me gusta mi vida tal cual es ahora“. Ese carácter pausado le ayudó a que sus estudios no se vieran muy afectados por su situación e hizo que tuviera muy buena relación con sus profesores siempre.

Al principio del acogimiento, no tenía mucha comunicación con sus padres. Era bastante consciente de la situación y  no quería cogerles demasiado cariño. Ramírez recuerda que “yo sabía que aquello era temporal. Ahora estábamos aquí, pero nos podíamos ir en cualquier momento. Nosotras hacíamos las maletas muchas veces, con mucha frecuencia”. Ahora la relación con su madre de acogida es más que excelente. Explica que llegar a ese punto costó, “por mucho que ellos hicieran cosas para acercarse, hasta que yo no quise no pasó. Desde mi punto de vista, el apego se crea cuando el menor decide que ocurra. Si él percibe la situación como algo temporal no quiere crear vínculos que se van a romper, no quiere pasarlo mal”.  Ella conectó cuando quiso pero eso no significa que no viera aquel gran gesto por parte de esta familia. Era consciente de lo que estaban haciendo esos padres “yo pensaba que vaya pedazo de gesto estaban haciendo y no tenían ni porqué. Ellos ya tenían hijas, no había necesidad de hacer esto”, cuenta.

La relación con su madre de acogida no podía ser mejor. Foto de Marcisim en Pixabay.

La relación con su madre de acogida no podía ser mejor. Foto de Marcisim en Pixabay.

Mi madre es mi madre de acogida, yo la siento así”, relata con esa tranquilidad suya.  Es muy cercana a su madre pero “no le explico todo lo que pasa, porque sé que lo ha pasado tan mal… tengo un instinto de protección muy grande hacia ella”, explica. Esa misma madre fue la que fundó, junto con otras, MAGALE como forma de ayudar y difundir el acogimiento.

Sigue viviendo con ellos pero no tiene ningún vínculo más allá de que “legalmente, comparto piso con mi madre [de acogida] por buena voluntad o por caridad, como lo queráis ver. Legalmente no hay ninguna vinculación“, ríe. Habla de que hay cuestiones en las que se tiene que trabajar cuando estos menores cumplen dieciocho años: seguridad social, sanidad… hay mucho. A pesar de que con la mayoría de edad puedes mantener el régimen de acogimiento unos meses más, es primordial pensar en y después, ¿qué?

Rotundamente sí

Se hizo educadora con la intención de devolver lo que había recibido “lo decidí con seis años, cuando estaba en el cetro de observación y había un bebé al que no le hacían mucho caso. En el momento en que se puso a andar, lo hizo conmigo y decidí que esto es lo que quería hacer, quería estar ahí”, y continúa “creo de verdad que un profesor influye en los críos y yo quiero ayudar”. Este es uno de los motivos por el que está ahora trabajando con los niños en MAGALE, estando con ellos, preparando actividades, jugando y cuidándolos. Ese interés por hacer la vida mejor a los más pequeños es lo que le lleva a responder con un sí fuerte y seguro que le gustaría ser madre de acogida.

¿Os parece bonita que Naroa esté tratando de devolver todo lo bueno que recibió?

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Un comentario en “Naroa Ramírez: “Volvería a pasar por todo porque me gusta mi vida de ahora”

  1. Pingback: Y así ha resultado todo | Una familia para todos

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